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María de los Dolores Palencia Gómez
07/12/2017

Cuando Elizabeth me pidió este compartir, me preguntaba cómo empezar y qué decir. Todo esto empezó a fluir en un tiempo de oración y relectura, mientras acompaño a otra congregación en su reunión de Consejo General Amplio; me doy cuenta que he escrito muchos detalles, probablemente no muy interesantes para muchas.


Quizá lo más significativo es compartir hoy que al releer mi vida, me siento muy feliz, agradecida y nuevamente invitada a vivir profundamente enraizada en el amor de Jesucristo y abierta a lo que la Ruah vaya mostrando  para los años que me queden de vida… para caminar humildemente como parte de esta humanidad y de esta creación, desde este carisma trinitario que me impulsa a las relaciones, a tejer comunión en colaboración, en comunidad; me invita a vivir reconciliada y compartiendo la experiencia de la reconciliación y reconstrucción de tejido social. Me percibo tan apasionada como en los primeros años por el Reino anunciado por Jesús y convencida que su amor preferencial por los más vulnerables y las víctimas de violencia en cada época es para mí un envío en Misión. Hace años escuché dos frases que me han marcado: “Tu vida es quizá el único Evangelio que tu hermano podrá leer” y “Lo único permanente es el cambio”.


Comencé el camino de vida religiosa San José, en el año 1969, después del Concilio Vaticano II, en una época de cambios, de relectura de la iglesia de su vida y misión. El Concilio llamó a la Vida Consagrada y muy en especial a la vida religiosa apostólica femenina a revisar todo y volver a las fuentes, re-inventar, liberándose de estructuras y esquemas que el tiempo y diferentes corrientes le habían puesto encima. También pidió a las congregaciones volver a escribir sus Constituciones, a partir de sus orígenes y de las raíces de su Carisma, Misión, Espiritualidad, desde su ser de mujeres.


Este ambiente de búsqueda, de creatividad, de tensiones muchas veces, de orar y leer mucho los textos originales nos dinamizaba mucho; junto con esto recibimos aportaciones e investigaciones muy profundas de hermanas, de historiadores, de teólogos y espiritualistas, desde las diferentes federaciones, sobre nuestra propia espiritualidad y sobre la espiritualidad ignaciana  que es columna vertebral de nuestra fundación. Hubo en la congregación mucha apertura a vivir “en experiencias” (ad-experimentum) y esto fue lo que encontré desde el inicio, por un lado todo era medio frágil y no muy claro, por otro era una gran apertura y posibilidad de apasionarse y crecer: “con fidelidad a todos los movimientos de la gracia… teniendo siempre presente el fin de su vocación que es tan sublime”.


Desde mi familia, recibí una profunda formación ignaciana, de mis papás y de la Congregación Mariana (hoy Comunidades de Vida Cristiana = CVX), en ella, conocí la oración, los ejercicios espirituales y el compromiso apostólico con una cercanía muy especial con los más pobres. Si en algún momento dudé del llamado a la vida religiosa, sin duda fue por todas las posibilidades de servicio laical muy comprometido y abierto en esa época, que encontraba en la Congregación Mariana. Toda esta formación se amplió y se confirmó en el “Pequeño Proyecto” tan marcado por los Ejercicios Espirituales, por ese encontrar a Dios en todas las cosas y en todo amar y servir, con la ternura y dulzura que nuestros textos nos dicen y de la manera sencilla, alegre, discreta y fiel de José.


El noviciado lo vivimos con experiencias nuevas, pequeña comunidad, mayor diversidad de servicios apostólicos, experiencias en comunidad más largas y en dos comunidades diferentes… y mucha apertura para leer, debatir, comentar, estar al día y cercanas a la realidad de la vida cotidiana. Para trabajar el francés hacíamos traducciones de los nuevos textos que iban saliendo como base a las nuevas constituciones, los debatíamos, los comparábamos con los textos fundantes.


Desde la salida del noviciado, en el tiempo de “experiencias”, viví en comunidades pequeñas, insertas en medio de la gente de ciudad o del campo, en medios sociales sencillos o pobres. En esos años, hubo una reflexión en la iglesia respecto a no favorecer el compromiso de votos temporales… los votos en sí mismos eran un compromiso definitivo, ¿qué sentido tenía hacer votos para renovarlos cada año? Una nueva situación… ahora era una promesa privada…, yo nunca hice votos temporales… nuestro pequeño grupo hizo una promesa privada en la congregación, por todo el tiempo que durara nuestro camino al compromiso definitivo, fue tan privada que ni siquiera las hermanas de la provincia estuvieron presentes, solamente la provincial y las formadoras. Nunca la renovamos, aunque desde luego había evaluaciones y relecturas del caminar junto con la comunidad. Viví este compromiso temporal con mucha libertad y tranquilidad y también la preparación a mis votos perpetuos tuvo un significado muy profundo y de mucha claridad, sobre todo porque en ese tiempo vivimos una fuerte crisis en la provincia, que propició la salida de varias hermanas y yo viví una crisis familiar y personal. La experiencia de los Ejercicios de Mes, como parte de la preparación a los votos, fue la experiencia fundante para reencontrar la experiencia Trinitaria, la centralidad de Jesucristo, la encarnación en todas las realidades humanas, la opción por los más pobres y vulnerables como consecuencia del seguimiento de Jesús y todo esto desde la espiritualidad del “Pequeño Proyecto San José”


Esos años éramos varias hermanas jóvenes y quienes hacíamos estudios, en general eran en centros de educación pública o en centros de formación teológica, todos ellos marcados por los cambios sociales de 1968 en México y en el mundo y por Medellín y más tarde Puebla, como respuesta de la iglesia latinoamericana al Concilio. La teología de la liberación, los cambios litúrgicos, la opción por los más pobres impactaron con fuerza la vida religiosa y especialmente la vida religiosa femenina, que con audacia y generosidad dejó muchas seguridades, estatus, instituciones, relaciones privilegiadas, y con entusiasmo, aunque no siempre con mucha preparación, se lanzó a vivir y compartir la suerte de los indígenas, obreros, campesinos, los más vulnerables de aquellas épocas.


La experiencia comunitaria era muy participativa, dialogada, comprometida con estilos nuevos de oración y compartir, con grupos voluntarios de discernimiento; en búsqueda para vivir la organización comunitaria, ávida de formación permanente en diferentes ámbitos y de contacto con la gente de manera cotidiana y sencilla, en reciprocidad. La vivencia de la pobreza, de la responsabilidad administrativa de lo que había, del trabajo para ganar la vida, era una búsqueda constante.

Al entrar a la congregación, tenía estudios de maestra de escuela primaria y había trabajado para ayudar al sostenimiento familiar. Viví cuatro años de trabajo en educación en una escuela secundaria de clase media y sencilla, del norte de la ciudad de México, al mismo tiempo que estudiaba teología y en verano psicología educativa. Al cierre de esta escuela, con un grupo de hermanas que sentíamos afinidad en la manera de concebir un proyecto comunitario-apostólico, vivimos en una vecindad del sur de la ciudad; cada una trabajaba y ganaba un salario, algunas en un Colegio, otras en oficinas, yo empecé un trabajo en la vecindad para tratar de crear comunidades de base y por las tardes tres días era secretaria en el Instituto Teológico en el que estudié.


La creación de nuevas presencias me llevó después de dos años a un proyecto apostólico entonces muy novedoso, en medio rural en Tabasco, sureste del país. Allí formamos una comunidad inter-congregacional con Ursulinas, Jesuitas, laicos-as; el proyecto surgió desde 1973 y yo llegué en 1977. Buscábamos a la luz de Medellín- Puebla y de experiencias de Centroamérica y Sudamérica, favorecer una evangelización integral que llegara a la formación de comunidades de base, de alternativas económicas para los campesinos pobres, de formación y liberación de las mujeres, de conciencia y participación política y más tarde de medicina alternativa y cuidado de la tierra.


Este tiempo estuvo marcado de un gran dinamismo apostólico, de creatividad, austeridad, simplicidad de vida, de amistades hondas que permanecen con los miembros de la comunidad que aún viven y


con los campesinos y campesinas de esa zona. A ellos y ellas les debo la re-evangelización de mi vida, el haber aterrizado los estudios teológicos en la vida cotidiana, una visión humana de la moral, de la fe y la re-significación de mis votos, del sentido de la vida religiosa y de la alegría y esperanza para vivirla. Las Máximas alimentaron mucho mi vida en ese tiempo, era muy dinamizador tratar de expresarlas y presentarlas con nuevo lenguaje, ahondando el contenido esencial.


Desde ellos y ellas nació también una búsqueda de nuevas maneras de encarnar el Carisma, de vocaciones diferentes, y de nuevas interpretaciones de nuestros textos fundantes. Vivimos, con dinamismo y gran alegría el reescribir las Máximas desde la comprensión de algunas jóvenes a quiénes se las presentamos; el re-interpretar la Carta Eucarística, con una nueva visión Trinitaria y de Encarnación.


Después de 10 años, el Capítulo General de 1987, me llevó a Lyon, Francia, al servicio de la Congregación, como Consejera General. En este servicio estuve 12 años; estar muy cerca de las raíces de nuestra fundación y conocer a hermanas que desde el testimonio de su vida me mostraron el Carisma y la Misión fue una gracia. El espacio de mi tienda, se abrió mucho más en el encuentro con otras culturas en nuestras diferentes provincias y regiones, con su manera de vivir nuestra espiritualidad en otras realidades y desde otras comprensiones y necesidades. Las relecturas históricas, de los textos y de la vida de las diversas congregaciones San José, fue una formación maravillosa, recuerdo con mucho gozo las visitas al Puy y a varios lugares de Francia en dónde se dieron los inicios; el foro de 1993 en honor de M. St Jean Fontbonne, con la presencia de tantas congregaciones San José, los encuentros ignacianos con otras congregaciones, los tiempos de búsqueda de uniones, fusiones y nuevas creaciones. Siempre me emocionó constatar la fuerza del Carisma a través de los años y cómo nuestras primeras hermanas lo encarnaron y lo trasmitieron a pesar de la Revolución Francesa, los cambios civiles en Francia, las distancias geográficas, culturales y de épocas.


En estos años conocí más de cerca diversas experiencias de compartir el carisma con personas profesionistas, exalumnos, campesinos, personas de otras confesiones cristianas, hombres y mujeres, casados o solteros.  Más tarde pude participar en el acompañamiento o surgimiento de algunos otros grupos, he apreciado mucho el caminar juntos desde el mismo carisma, misión y espiritualidad.

La libertad frente a los movimientos del Espíritu, la solidez en el discernimiento y en la formación al acompañamiento, que yo misma pude recibir en Lyon; la creatividad, la apertura y la vida siempre apostólica y llena de esperanza, son un testimonio del que me siento agradecida y comprometida a continuar.


En el año 1999 volví a México como provincial y viví este servicio seis años que implicaron un nuevo conocimiento y enraizamiento en mi realidad que había dejado en momento de cambios sociales y políticos muy importantes y antes de que la provincia misma se abriera a otras realidades como Honduras y El Paso Tx., junto con el servicio de provincial, tuve la gracia de servir en la Conferencia de Institutos Religiosos de México (CIRM) por tres años y en la Conferencia Latinoamericana de Religiosas-os (CLAR), también tres años. Dos experiencias profundas y muy enriquecedoras en inter-congregacionalidad. El encuentro con la vida religiosa latinoamericana y el sentido de Patria Grande me fue revitalizador, a pesar de la experiencia dolorosa en ese momento de iglesia, en la que el diálogo con la CIVCSA y la CLAR era sumamente difícil. El testimonio profético de varios religiosos y religiosas místicas y profetas y la creatividad teológica expresada en los 50 años de la CLAR me confirmaron en el gozo y alegría de mi vocación y en la libertad para recrear continuamente.   Por ser vicepresidenta de la CLAR, asistí y participé en la reflexión teológica preparatoria y a la celebración de la V Conferencia del CELAM en Aparecida, Brasil en 2007, una experiencia eclesial y espiritual muy fuerte.

Cuatro años en una Casa para Ejercicios y encuentros, me permitieron vivir un reciclaje con el curso de formación de acompañantes del ICECEFAS en Guatemala y terminar la maestría en teología y mundo contemporáneo, continuar acompañando Ejercicios y procesos de congregaciones.


En 2009, dejamos esa Casa en otras manos, la provincia aceptó participar en un proyecto de atención a migrantes en Tierra Blanca, Veracruz y de 2010 a 2014 viví el regalo de compartir mi vida con muchas personas, acompañando y acogiendo a transmigrantes (migrantes que atraviesan México, con el deseo de ir a EUA), sobre todo de Centroamérica, aunque también algunos mexicanos de estados del sur del país y personas de Sudamérica, en ocasiones muy esporádicas de Asia y África.


Colaboré con el Servicio Jesuita a Migrantes y con voluntarios de universidades y de otros medios, las hermanas colaboramos con el decanato eclesial de la Diócesis de Veracruz. Este tiempo fue de muchos aprendizajes, aprender y desaprender… tocar el mal de manera muy cercana, conocer lo mejor y lo peor del ser humano, sentir la injusticia y ser testigo de un dolor y un sufrimiento inimaginable, del abuso y la destrucción de la persona humana, de la juventud, de la niñez. Conocimos muy de cerca y enfrentamos la corrupción, la impunidad, el miedo y también la solidaridad, la ternura, el compromiso y la fortaleza.


Alguna vez llegué a pensar, que si yo viviera mi vida religiosa con la alegría, la libertad y la fortaleza que los migrantes vivían su “sueño americano”, otra sería la historia.


En abril 2014 dejé Tierra Blanca y asumí por tres años otra vez el servicio de provincial, que acabo de terminar en este agosto 2017.  En estos tres años más presente en la ciudad de México, por invitación de una persona muy comprometida, participé en COJUPAZ, grupo ecuménico e inter-religioso que surgió desde el compromiso por la búsqueda de justicia para Ayotzinapa y en la búsqueda de desaparecidos en México.


Hoy, espero una nueva misión, por el momento sigo acompañando Ejercicios, Congregaciones y personas, sigo en contacto con grupos de migración y de organización civil. De aquí a diciembre, presto un servicio temporal a nuestras hermanas de Ouagadougou, Burkina Faso.


Como en toda vida humana, en la mía hay luces y sombras, fidelidad e infidelidad, audacia y temores, alegrías y tristezas, pecado y gracia. Vivo cada día, como si fuera el único, y por lo mismo procuro vivirlo a fondo muy agradecida con Dios, por tanto bien recibido y por llamarme como débil instrumento para servir con alegría desde todas las obras de misericordia, para que toda la creación Seamos Uno.


 

María de los Dolores Palencia Gómez

Octubre 2017.